| El Apego |
Impronta (troquelado, impregnación)
La tendencia por parte de la cría de pato silvestre a seguir un objeto en movimiento, que es sensible en grado máximo hacia las 16 horas tras la incubación, no se desarrolla en absoluto si el patito no tiene ningún objeto al cual seguir durante sus primeras 40 horas (Weidmann, 1956)
El comportamiento de almacenamiento de ratas adultas (tras unos cuantos días de frustración para alimentarse), que fueron sometidas, en una determinada edad durante la lactancia, a un período de alimentación intermitente, es más intenso (almacenan más bolitas de alimento) que en las ratas que no fueron frustradas durante la lactancia (Hunt, 1941)
Algunas características del canto de los pinzones resultan de aprendizajes cuya adquisición está limitada a períodos especiales durante su primer año de vida (otras se desarrollan incluso en pinzones criados en condiciones de aislamiento), de forma que el canto que resultará es el que ejercitará durante el resto de su vida (Thorpe, 1956)
Los estímulos pueden ser generales al principio y restringidos más tarde, y este proceso de restricción se ha observado que puede limitarse también a un breve período del ciclo vital. Al principio, una cría de oca seguirá a cualquier objeto en movimiento que se sitúe dentro de amplios límites de tamaño, pero al cabo de algunos días seguirá tan sólo a la clase de objetos a la cual está acostumbrada, ya se trate de la oca madre o de un ser humano, y lo hace, además, haya recibido o no alimentos o cuidados por parte del objeto (Lorenz, 1935) El cordero huérfano, criado en la granja, y que se fija a los seres humanos, no establece posteriormente relación social con las ovejas.
Llorar, mamar y sonreír son algunos de nuestros múltiples patrones prefijados innatamente, que representan seguridades proporcionadas por la naturaleza contra un simple abandono a los azares del aprendizaje. Los vínculos afectivos se desarrollan debido a que el bebé nace con una intensa tendencia (que se puede explicar satisfactoriamente en base a un instinto de supervivencia) a apegarse a ciertos estímulos, sobre todo relacionados con figuras familiares, y a evitar otros, sobre todo los extraños.
- Los registros tomados automáticamente mostraron que ambos grupos de monos pasaban mucho más tiempo con las madres de felpa (trepando, aferrándose, o abrazándolas), que con las madres de alambre (aquellas que tenían biberón eran utilizadas por los monos sólo el tiempo preciso para procurarse el alimento) Estos resultados confirman la importancia del contacto corporal íntimo, y del confort inmediato que proporciona, en la formación del vínculo del niño con su madre, y contradicen la idea de que el apego es una respuesta que se aprende por asociación con la reducción del hambre y la sed. - En una situación de estrés emocional (“Test del pánico”), las crias confrontadas con un objeto extraño preferían a la madre de felpa (independientemente de la madre de la que hubieran mamado): se abrazaban fuertemente a ella frotando su cuerpo contra el suyo, y, una vez aliviado su miedo con el contacto íntimo con la madre, se volvían para mirar el objeto, sin la más mínima inquietud; incluso, a veces, el mono abandonaba la protección de la madre y se acercaba al objeto que minutos antes le había inspirado terror. - En una situación de espacio amplio con objetos extraños (“Test de campo abierto”), consistente en colocar al mono en una sala mucho mayor que su jaula acostumbrada, la respuesta seguía siendo invariable. La respuesta de pánico de la cría era la misma en ausencia de toda madre que con la presencia de la madre de alambre: correr con agitación a través de la habitación experimental, arrojarse al suelo cubriéndose el rostro, acurrucarse en un rincón con su cabeza y cuerpo encogido, y chillar de desesperación.
Sin embargo, si la madre de felpa se hallaba en la habitación, la cría se dirigía precipitadamente hacia ella, trepaba sobre ella, se frotaba, y se aferraba con fuerza. Su temor entonces disminuía o desaparecía repentinamente. La cría empezaba a encaramarse sobre el cuerpo de su madre y a explorar y manipular su cara. Pronto se separaba de la madre y emprendía la exploración de la sala, convirtiendo los objetos en juguetes, volviendo de vez en cuando hacia la madre resultando confortada. En tanto la madre constituía una “base segura” de operaciones, las crías no tenían miedo y su conducta era positiva, exploratoria y juguetona. Harlow investigó asimismo la influencia sobre el desarrollo del apego de la deprivación materna y del período crítico, separando cuatro crías de monos del resto, como grupo general de control, negándoles cualquier tipo de contacto con una madre sustituta o con otros monos. Tras unos 8 meses los colocaron en jaulas con acceso a los dos tipos de madres sustitutas. Al principio tenían miedo de ambas, pero al cabo de unos días empezaron a responder de una forma semejante a las restantes crías, aunque claramente con una preferencia menos marcada hacia la madre de felpa. Una indicación contundente del trastorno psicológico causado por la falta temprana de madre es que el grupo de monos con “cuidados maternos tempranos”, siendo deprivados de éstos a los 5 meses y medio, mostraron una pérdida de respuesta escasa o nula incluso tras 18 meses de separación. En algunos casos parecía que la ausencia de la madre de felpa les hubiera encariñado más con ella. En cambio, los monos huérfanos, criados con ambas madres desde los 8 meses, tras sólo 3 meses de separación perdieron toda la predisposición a la respuesta que habían adquirido tardíamente, no mostrando preferencia por ninguna de las dos madres...; por otra parte, en el Test de campo abierto obtuvieron mucha menos seguridad de las madres de felpa que las otras crías. El largo período de deprivación materna afectó claramente la capacidad de estas crías para desarrollar unas pautas de apego normales y plenas, incapacitándolas asímismo para formar un lazo afectivo duradero.
Los modelos conductistas (reducción del impulso por la comida, o refuerzo social interactivo positivo) son insuficientes para explicar el apego, como se manifiesta en los experimentos de Harlow, puesto que el niño también se apega a figuras familiares no implicadas activamente en su alimentación, el apego se desarrolla a pesar de repetidos castigos o de maltrato (en un estudio de Anna Freud y Dorothy Burlingham, 1942, se concluye que los niños se apegan incluso a madres que están continuamente de mal humor y a veces se comportan de manera cruel con ellos), y la relación de apego no se extingue a través del ciclo vital a pesar de la ausencia de la figura de apego. Establecer vínculos afectivos estables con los progenitores o sustitutos (apegarse), es una necesidad primaria (no aprendida), tan relevante en la vida humana como la alimentación o la sexualidad. El establecimiento de un fuerte vínculo materno es vital para la supervivencia del bebé. Los niños que permanecen cerca de sus madres pueden recibir la alimentación y protección necesarios para adaptarse y sobrevivir al medio. Cuanta más experiencia de interacción social tenga un lactante con una determinada persona, tanto más probable es que se apegue a ella. Por esta razón, es principalmente a través de los cuidados que imparte la madre como un niño adquiere su principal figura de apego. Lo normal es que haya más de una persona hacia la que se siente apego, en cuyo caso habrá, por lo general, un claro orden de preferencia (madre, padre, otros familiares, por ejemplo) El apego es especialmente evidente durante la infancia, donde se expresa con la mirada, la sonrisa, echar los brazos, alegría al saludar, la llamada y el llanto (para llamar la atención, y que dan lugar a asistencia o cuidados), la intensa protesta (si el niño se queda solo o con personas extrañas), o la conducta de seguimiento (impronta) Con la edad va disminuyendo la intensidad con la que se manifiesta. Un apego persiste habitualmente en una gran parte de la vida, aunque durante la adolescencia los primitivos apegos pueden atenuarse y ser suplementados por otros nuevos, siendo en algunos casos sustituidos por ellos. Entre las condiciones que activan el apego están la extrañeza frente al medio, el hambre, la enfermedad, la fatiga, la angustia, y cualquier acontecimiento que asuste. Las condiciones que ponen fin al comportamiento incluyen percepciones visuales, acústicas o táctiles (tocar, aferrarse, ser mecido), y especialmente una interacción feliz con la figura de apego. En cambio, cuando la figura materna está presente, o el niño sabe adónde va cuando se ausenta, éste cesa de mostrar el comportamiento de apego y en lugar de ello explora el medio ambiente. La ansiedad de separación sería una respuesta natural e inevitable, siempre que una figura a la que se está apegado esté inexplicablemente ausente.
El comienzo de esta fase coincide con la aparición del miedo a los extraños, que suele desaparecer alrededor del año y medio. Si una persona desconocida se dirige a él de forma brusca (sorpresiva), para hacerle alguna gracia, es muy probable que se ponga a llorar. En este caso es adecuado acercarse a él sin alarmarse, cogerlo y calmarlo, y a continuación expresarle la proximidad que tenemos con el extraño (que podría ser un familiar o amigo), a través de gestos cariñosos. Sin embargo, esta respuesta no se daría si el extraño actúa de una forma suave y cariñosa, y en un contexto seguro para el bebé. Los 2 años sería la edad en que el apego que surge del niño hacia la madre alcanza su pleno desarrollo (Anna Freud y Dorothy Burlingham, 1942), y ésta sería la edad mínima para llevar al niño a la guardería (ver Separaciones)
El comportamiento de apego permanece rápidamente activable hasta cerca del final del tercer año de vida; si el desarrollo es sano, se va haciendo poco a poco menos fácilmente activable. A partir de los 3 años, el niño despliega una serie de estrategias con las que intenta controlar la interacción con su madre, “obligándola” en determinados momentos a pactar las entradas y salidas del hogar. El final de estas 4 fases supone un vínculo afectivo sólido entre madre e hijo, que no necesita de un contacto físico ni de una búsqueda permanente por parte del niño, ya que éste siente la seguridad de que su madre responderá en los momentos en los que la necesite.
Estos niños han adquirido unos modelos internos básicos (de los demás y de sí mismos) positivos. Sus padres les proporcionaron una base segura: fueron emocionalmente accesibles, sensibles y protectores, atendiendo al niño cuando lo necesitaba. Mary Ainsworth y Silvia Bell reaccionaron contra la pediatría oficial que aconsejaba a las madres no “malcriar” a los bebés cogiéndolos en brazos en exceso, respondiendo automáticamente a sus llantos o dándoles de comer fuera de un horario fijo: la norma debe ser coger en brazos al bebé y la lactancia a demanda. A lo largo de la vida aumentará la curiosidad, la exploración, las relaciones con los compañeros, el juego, y la solución de problemas. Son personas con amplias posibilidades de desarrollo social e intelectual, tolerantes, y con una seguridad interior que les permite establecer relaciones afectivas satisfactorias, así como separarse (desvincularse) de una forma no traumática.
Los padres de estos niños tienen una actitud ambivalente (contradictoria): accesibles, sensibles y cálidos en algunas ocasiones, e inaccesibles, fríos e insensibles en otras, lo que se explica por la influencia del estado anímico y el grado de estrés propio, que les impide centrarse en el niño. En general, la disponibilidad de la madre es escasa o inestable. Ante la actitud de exploración del niño la madre tiende a intervenir, interfiriendo así su exploración y propiciando la dependencia. Puede haber amenazas recurrentes de abandono, separaciones (por ejemplo, hospitalizaciones, internamiento en orfanatos), abandonos o pérdidas. Esta constelación de condiciones adversas producen inseguridad interior en el niño. El niño puede convertir su dependencia en estrategia relacional, acentuándola para conseguir la atención paternal, lo que acentúa su inmadurez. Así, un rasgo emocional que desde el punto de vista biológico pudiera interpretarse como adaptativo (por mantener la proximidad de la figura de apego), a nivel psicológico resulta pernicioso, ya que impide al niño desarrollar sus tareas evolutivas. De estos niños, a los que les cuesta “despegarse de las faldas de su madre”, se suele decir que son excesivamente “mimados” y que son criados muy “consentidos”, lo cual está muy lejos de la realidad emocional del niño. El sentimiento constante del niño de no sentirse lo suficientemente querido, agradable para el otro, influye negativamente en su autoestima, autoconcepto (tienen una imagen negativa de sí mismos) y también en la visión del mundo. Según Crittenden y Brandon et ál., 1999, estos niños, en especial a partir de los 3 años, con el comienzo de la escuela, comienzan a desarrollar “estrategias coercitivas” que les permiten obtener algún dominio sobre su mundo social (llamando la atención e involucrando a los padres el máximo tiempo posible), tales como: conductas manipuladoras de tipo activo (amenazas, enfados - fingir “desesperación” -, agresiones, castigos, centradas en controlar al adulto; por ejemplo, el niño hiperactivo), pasivo (quejas físicas que expresan indefensión, centradas en provocar cuidado y protección; por ejemplo, el niño hipocondríaco), o intermedias (conductas seductoras, que se observan especialmente en las niñas) Son personas inseguras, moralmente escrupulosas, o cargadas de sentimientos de culpa. Cualquier conducta ambivalente o poco clara de los otros se vive como un rechazo total. Necesitan continuas muestras de afecto, su modelo mental no incluye una idea interiorizada del otro como alguien estable y disponible. Sienten un intenso anhelo inconsciente de amor y apoyo, que puede expresarse en trastornos o conductas antinaturales que provocan ayuda y cuidado: agorafobia, síntomas de conversión, hipocondría, tentativas simuladas de suicidio, etc. Tienen un resentimiento, en gran parte inconsciente, hacia sus padres, que se expresa habitualmente en una dirección desviada hacia alguien más débil (la esposa o el hijo, por ejemplo) En estos niños (y padres) es característica la personalidad fóbica. La mayoría de los casos de fobia escolar y agorafobia se generan probablemente así. En las fobias escolares, el coercitivo activo se desequilibra (con un ataque de pánico, por ejemplo) cuando experimenta que no tiene control sobre el profesor (lo cual podrá suceder en los días siguientes a su entrada al colegio), mientras que el coercitivo pasivo se desequilibra en cuanto los padres lo dejan solo (el primer día de colegio)
La interpretación de Ainsworth es que cuando estos niños entraban en la situación extraña comprendían que no podían contar con el apoyo de su madre y reaccionaban de forma defensiva, adoptando una postura de indiferencia (anestesia emocional) Como habían sufrido muchos rechazos en el pasado, intentaban negar la necesidad que tenían de su madre para evitar frustraciones. Así, cuando la madre regresaba a la habitación, ellos renunciaban a mirarla, negando cualquier tipo de sentimientos hacia ella. Los padres de estos niños son insensibles a sus necesidades, indiferentes, poco pacientes, intolerantes, rechazantes o maltratadores, de una forma reiterada y contínua. Sólo tienen una actitud aceptante cuando los niños están contentos y no tienen problemas. El niño se defiende con desapego: evita apegarse para no ser herido. El niño evitante aprende que las explicaciones proveen de bases predictivas para relacionarse con sus padres; aprenden a depender de la cognición para regular su comportamiento y defenderse de los afectos. Aprenden a confiar en que ellos son los únicos que pueden afrontar su sufrimiento emocional, sin pedir nada a nadie. En contraste no tienen confianza en sus habilidades interpersonales. Estos niños tienen una representación interna básica (modelo interno básico) sobre sí mismos de no ser aceptados y de ser indignos (no merecedores de afecto) Este tipo de apego genera una autoconfianza compulsiva (personas autosuficientes): - En vez de buscar el cariño y el cuidado de otros, mantienen una actitud de sujeto “duro”, sean cuales sean las condiciones, a lo que subyace una desconfianza básica en los demás (incluyendo sus relaciones íntimas), a la vez que un intenso anhelo inexpresado de amor y apoyo, junto a resentimiento hacia los padres (que se dirige contra otros más débiles) - Tienden a afrontar las situaciones estresantes negándolas (quitandole importancia; estrategia de escape/evitación) e inhibiendo la expresión de emociones negativas, lo cual implica una ansiedad no expresada, vulnerabilidad ante el estrés (tienden a hundirse), tendencia a somatizar, y predisposición a la depresión. Hay diferentes personalidades en los desapegados:
Es típico en la niñez la presencia de una madre que, a causa de depresión o alguna otra incapacidad, no podía cuidar de su hijo, y, en lugar de ello, deseaba que se la cuidase, y que quizás solicitaba también ayuda para atender a los hermanos pequeños. Así pues, desde su temprana infancia, la persona que se desarrolla de este modo ha visto que el único vínculo afectivo disponible es un rol en el que ha de hacer siempre de cuidador y que el único cuidado que puede recibir es el que se imparta a sí mismo. Los niños que se crían en instituciones a veces se desarrollan de este modo. Una persona con esta actitud, relacionada con la autoconfianza compulsiva, puede establecer muchas relaciones íntimas, pero siempre con el rol de prestar cuidados, incluso respecto a personas que ni buscan ayuda, ni la necesitan, ni la desean, ni la agradecen. También aquí hay mucho anhelo latente de amor y cuidados, gran ansiedad y sentimiento de culpa de expresar estas necesidades, y mucho rencor latente hacia los padres. En inhibidos y cuidadores compulsivos, la actitud de los padres, asociada a la pérdida, produce en el niño un fondo emocional de tristeza, por lo que es característica la personalidad depresiva.
En cuidadores compulsivos y complacientes compulsivos, ambos con componente coercitivo, se da la personalidad obsesiva. En las rumiaciones obsesivas son típicas las imágenes intrusivas (matar, herir, violar, blasfemar, etc.), que hacen explícitas a una persona de confianza, para que ésta de alguna manera lo calme, y así no sentirlas tan amenazantes (pueden llegar a quitarle el sueño) Lo cual es un comportamiento coercitivo fuerte, no diferenciable del que presenta un fóbico con un infarto. Ambos comprometen al otro a un esfuerzo de atención y paciencia. En complacientes compulsivos puros se da la personalidad dápica (DAP, Organización de Significado Personal de los Desórdenes Alimentarios Psicogénicos: anorexia, bulimia, obesidad), así como en aquellos con componente coercitivo (que se puede observar en su forma activa en la anorexia, con una pronunciada actitud agresiva, y en su forma pasiva en la obesidad) En la organización dápica el niño desde pequeño es perjudicado por su familia en el desarrollo de su individualidad: se le imponen pensamientos y emociones en función del deseo de los padres, sin reconocer los del niño. El vínculo familiar está lleno de ambigüedad: las emociones nunca se expresan directamente, para el niño es difícil percibir cuándo es querido o cuando no. La familia dápica es la familia en la que la imagen es más importante que la persona, no importa lo que el niño sienta, sino cómo se ve el niño. La intención de la madre es que el niño sea perfecto, pero él mismo desconoce su intención, lo que siente es que su experiencia no es la verdadera: por ejemplo, el niño puede pensar que se aburre en la casa de la abuela, pero de acuerdo a lo que su madre le dice, todos los niños que visitan a la abuela son felices y él no se da cuenta que esta feliz porque es un niño... Lo que surge de estas vivencias es que el niño nunca está seguro de lo que está percibiendo, pensando y sintiendo: eso lo saben los demás. Su sentido de sí mismo es difuso, oscilante y dependiente del juicio y la expectativa del otro: en cada instante, el individuo dápico se forma una imagen precisa y definida de sí mismo de acuerdo a las conductas y actitudes de los otros hacia él, y su intención será siempre proyectar una imagen coherente con las expectativas de los demás. Lo que sí acabará interiorizando es que el objeto del afecto de sus padres es la imagen que ellos quieren de él. Estas personas necesitan ser confirmadas por los otros y tienen una deficiente capacidad para asimilar la crítica ajena: sólo le gusta realizar lo que sabe que va a ser reconocido. El dápico quiere ser feliz, buscando quedar bien con todos y que todos lo reconozcan y feliciten, viviendo así en una burbuja artificial de plenitud.
Se ha observado en niños que han experimentado protección y también negligencia, rechazo y maltratos físicos y psicológicos (por ejemplo, amenazas de abandono), desarrollando frente a la figura de apego vinculación, indefensión, angustia y miedo. Son frecuentes las situaciones de institucionalización o cambios de hogar (familias de acogida) Este estilo de apego es el más asociado al maltrato infantil: el 80% de estos niños sufre maltrato severo en su hogar (Jorge Baraudy y Maryorie Dantagnan, 2005) Estos niños tendrán muchas dificultades para respetar las normas escolares y la autoridad de los profesores, presentan trastornos importantes del comportamiento (faltan al respecto, amenazan y agreden verbal o físicamente), agreden y amenazan verbal o físicamente) y terminan estigmatizados como problemáticos, “agresores” o “matones”. Lo más probable es que perciba el maltrato como algo natural y aprenda que la violencia es una forma válida de relacionarse con los demás y de resolver problemas. También pueden presentar comportamientos de excesiva inhibición y aislamiento y sentir que son rechazados por el grupo. Su rendimiento académico es pobre y es frecuente el fracaso escolar: las funciones cognitivas asociadas a la capacidad de aprendizaje (atención, percepción, memoria, pensamiento, control de impulsos) han sido afectadas severamente como consecuencia de los traumas vividos. Los padres presentan problemas emocionales graves e incompetencia severa como cuidadores, producto de experiencias traumáticas en su infancia, tales como haber sido víctima de negligencias, abandono, maltrato o abusos sexuales. Muchos de estos padres presentan un trastorno mental crónico, o son alcohólicos o toxicómanos.
Los acontecimientos vitales que son especialmente estresantes para los individuos que han desarrollado un comportamiento de apego según alguna de las anteriores líneas, son alguna forma de pérdida o separación de alguien por el que sientan apego o que quieran; por ejemplo, una enfermedad grave (que intensifica la ansiedad y quizás el sentimiento de culpa) o la muerte (que lleva a depresión o angustia) El duelo por una muerte o una separación es probable que adopte un curso patológico, desarrollándose fácilmente depresiones. Por ejemplo, en el apego angustioso, angustia insólitamente intensa y/o autorreproches, con depresión, y persistir mucho más tiempo de lo normal; en el apego evitativo (autoconfianza compulsiva), el duelo puede demorarse durante meses o años, con tensión interna e irritabilidad habituales, y posibles depresiones episódicas (con frecuencia al cabo de tanto tiempo que se pierde de vista la conexión causal con la muerte o la separación) También suelen encontrar ciertas dificultades típicas cuando se casan y tienen hijos: - Constantes exigencias de amor y cuidados, o preocupación compulsiva por cuidar (referidas al cónyuge o al hijo) Estas asfixiantes relaciones “simbióticas”, condicionadas por una historia de precariedad afectiva, no se caracterizan (a diferencia del reino animal o vegetal) por un beneficio mutuo, ya que suponen adaptaciones psicológicamente insanas. Resulta asímismo equívoco hablar de un niño “hiperprotegido”, ya que la sobreprotección es adaptativamente contraproducente, y no se suelen reconocer las insistentes exigencias de afecto que el progenitor está planteando al hijo. - Considerar y tratar al hijo como si fuese un hermano, dando lugar, por ejemplo, a celos del padre hacia el hijo, por las atenciones que recibe de la madre. - Percibir al hijo (o al cónyuge) como una réplica de sí mismo, en especial de los aspectos de sí mismo que se ha empeñado en suprimir, y que aspira a evitar también en su hijo. Es posible que utilice los mismos métodos de disciplina a los que él mismo fue sometido de niño (castigos más o menos violentos, censuras y sarcasmos o culpabilizar), y que dieron lugar a que surgieran en su vida los problemas que ahora está tratando de prevenir o solucionar en el hijo.
En estudios con lactantes se observa cómo utilizan a la madre como base de sus exploraciones. Además, existe una clara relación entre la forma en que se comporta un niño de 12 meses con su madre y sin ella en el hogar, y el modo en que se comporta con y sin su madre en una situación extraña. A partir de su observación es posible predecir si desarrollarán una autoconfianza estable, combinada con confianza en los demás. La actitud de los niños tiene relación con la actitud de las madres respecto a su asistencia. Las madres de los niños más sanos puntúan alto en las escalas de aceptación, cooperación y accesibilidad. Se puede hablar de dos funciones básicas para un padre (lo cual se puede aplicar también a la función de un psicoterapeuta): proporcionar una base segura y favorecer la independencia. A lo largo de la vida, es probable que una persona muestre el mismo patrón de comportamiento que se observa en la infancia, apartándose progresivamente de aquellos que ama, espacial y temporalmente, pero manteniendo siempre contacto y volviendo antes o después a ellos. La base a partir de la cual opera un adulto será probablemente su familia de origen o cualquier otra base que haya creado por sí mismo. Todo aquel que carezca de una base así, se sentirá desarraigado e intensamente solo. El comportamiento de los padres y de cualquiera que asuma el papel de impartir cuidados (importante consideración para un psicoterapeuta), es complementario de la conducta de apego, y tiene una importancia capital. Los roles del cuidador consisten primeramente en estar a disposición del que precise sus cuidados y responder a sus necesidades en este sentido, y, en segundo lugar, intervenir juiciosamente cuando el niño o la persona mayor que está siendo cuidada sea motivo de perturbación. Está demostrado que el modo como lo desempeñen los padres determina en alto grado que la persona crezca mentalmente sana. En este sentido, alteraciones de la personalidad serían, por ejemplo: una ansiosa tendencia a aferrarse, exigencias excesivas o demasiado intensas, apartamiento no comprometido e independencia desafiante. Estudios de individuos que se admitía poseían personalidades sanas (por ejemplo astronautas), han dado una serie de características comunes: iniciativa, confianza en sí mismo, capacidad tanto para buscar ayuda, como para hacer uso de ella, han sido criados en familias estrechamente unidas, integradas en una red social estable, consideraban a sus padres cariñosos y generosos, y se habían identificado intensamente con ellos, y en la infancia se habían sentido seguros ante cualquier cosa. En las familias de estas personas se fomenta la autonomía (exploración), pero no se fuerza. Cada etapa sigue a la anterior, dentro de una serie de fáciles estadios. Los vínculos con el hogar podrán atenuarse, pero jamás se rompen.
Es necesario esperar a un cierto nivel de maduración antes del destete (sin que exista ningún límite de tiempo concreto para la lactancia materna exclusiva - imprescindible durante los 6 primeros meses según la OMS -, para la alimentación complementaria, y para el destete completo - a partir de los dos primeros años la lactancia materna debería mantenerse hasta que el niño o la madre decidan, situándose el final de la franja natural de lactancia, según estudios antropológicos, en los 7 años) o el aprendizaje para el control de esfínteres (en el margen de 18 meses a 3 años, los niños generalmente están preparados, siendo más precoces las niñas), así como para otros aspectos educativos. La ambivalencia (el conflicto amor-odio) es una característica del psiquismo humano. La capacidad de sentir culpa es una necesaria característica en la personalidad sana, e implica la aceptación de la ambivalencia. Un aspecto de una correcta crianza y educación de los hijos sería facilitarles regular su ambivalencia y experimentar un sano sentimiento de culpa. El niño tiende a expresar, de forma espontánea, sus sentimientos de odio y celos. La actitud adecuada de los padres sería, “simplemente”, aceptarlos. Tolerando sus descargas de odio les mostramos que no nos asusta y que estamos seguros de que puede ser controlado; le proporcionamos la atmósfera de contención en la que puede desarrollarse el autocontrol. Muchas de las dificultades de los padres proceden de su incapacidad para regular su propia ambivalencia. Muchos padres piensan, en cambio, que lo correcto es inculcar a los hijos que el odio y los celos son, además de dañinos, potencialmente peligrosos, y, para este fin, es corriente el empleo de dos métodos perjudiciales (ambos tienden a crear personalidades difíciles), que provocarán que el niño se sienta temeroso y culpable, que reprima sus sentimientos, y por tanto le resulte más difícil obtener un control sobre los mismos: el castigo y la culpa (ver más adelante) Los niños necesitan amor, seguridad y tolerancia, lo que no implica que no se les deba frustrar en absoluto. La clave está en que hay frustraciones que deben evitarse (las relativas a la necesidad que tiene el niño de amor y cuidado por parte de sus padres), frente a otras que son inevitables (y menos importantes) Una de las habilidades que tienen los buenos padres es saber diferenciar ambos aspectos. Una intervención firme, pero serena, cuando deseamos que el niño deje de hacer algo, crea menos conflicto que un castigo, y es más efectivo a la larga. Si el trasfondo general de sentimientos y relaciones es bueno, la eventual descarga verbal de cólera, o su puntual expresión física (azote, bofetada), no serán en modo alguno traumáticas. En estas expresiones espontáneas de sentimientos (seguidas, quizás, de excusas, si nos hemos “pasado”) no existe el matiz de “lo que está bien y lo que está mal”, implícito en el castigo. Es un buen consejo no pegar nunca a un niño, “excepto” cuando uno está airado. Es oportuno señalar aquí que la pusilánime y vacía actitud actual que dramatiza el hecho de “pegar a un niño” (como si se tratara poco menos que de una conducta diabólica que no admite grados ni matices), asimilándolo a “maltratarlo”, oculta desgraciadamente un silenciado drama diario en la vida de muchos niños, cuyos padres no entienden que lo que más necesitan sus hijos es su presencia, y que ésta presencia les provea de una atmósfera de amor, seguridad y tolerancia: “No pegar nunca” no es dar algo. En algún caso, criminalizar a un profesor por darle una bofetada a un niño, quizás se convierta inconscientemente en una forma de expiar la culpa por la desatención física y emocional hacia su hijo. Importa no sólo lo que hacemos, sino cómo lo hacemos (nuestra actitud): probablemente la alimentación regida por la autodemanda del niño (los lactantes y los niños pueden regular sus propias dietas), efectuada por una madre angustiada y ambivalente, dará lugar a muchos más problemas que una rutina regulada por el reloj, en el caso de una madre feliz; lo mismo se puede decir de los métodos de aprendizaje del aseo. Aparte de la comprensión intelectual, la asistencia adecuada al niño depende de la sensibilidad que muestran los padres a las respuestas de su hijo, y de su habilidad para adaptarse intuitivamente a sus necesidades. Los errores de los padres son tanto producto de la ignorancia, como de problemas emocionales inconscientes originados en su propia infancia.
Utilizar al hijo en contra del otro progenitor en conflictos de pareja.
Utilizadas para disciplinar, controlar o coaccionar al hijo o al cónyuge: por ejemplo, amenazar con castigos, con abandonar a la familia, abandonar (o incluso matar) al otro cónyuge, o cometer suicidio.
Por ejemplo, un niño se queja de que le duele la rodilla y la madre se centra en hablarle de todos sus achaques físicos.
“Pero si parecía una mosquita muerta” (un familiar sorprendiendo a un niño “robando” chocolate)
La expresión violenta de desaprobación da lugar a rebeldes. Si los castigos son muy severos, puede originar delincuentes.
No permitir que los hijos expresen emociones, especialmente negativas, o presionarlos para que expresen emociones positivas.
“Tu hermano hace los deberes solo”.
Mostrarle lo ingrato y desagradecido que es, diciendo que su comportamiento es, o será, responsable de la enfermedad o muerte de la madre o del padre, etc., lo que da lugar a neuróticos cargados de sentimientos de ansiedad y culpa. La incapacidad para enfrentar el miedo y el sentimiento de culpa, que proceden del conflicto de ambivalencia, fundamentan muchos trastornos psíquicos y caracterológicos (como la delincuencia crónica) Cuando un niño pequeño carece de confianza para controlar sus impulsos agresivos, al haber carecido de una sensación de contención paterna, surgen mecanismos de defensa para enfrentar el conflicto (represión, desplazamiento, proyección, etc.)
“Te vas a orinar encima toda la vida” (a un niño con enuresis)
No responder a las necesidades del hijo, expresadas por él o no. Por ejemplo, invalidando la petición infantil de apoyo y comprensión: “¿Pero no ves que no pasa nada?” (un padre a un niño asustado)
De forma que el niño no se sienta valorado en lo que hace o dice.
“Diviértete con tus amigos y sé feliz, pero cuando me dejas sola me siento muy triste y se me quitan las ganas de vivir”.
Por ejemplo, presión para el éxito.
Cuando los niños carecen de figuras paternas a quien poder idealizar (falta de una representación inconsciente ideal de los padres; falta de imago parental idealizada, Kohut), ya sea porque el progenitor no soporta la idealización (por ejemplo, por vergüenza o culpa: “No me digas eso, no soy tan listo”), porque se descalifica a sí mismo (“Soy un fracasado”), porque su comportamiento imposibilita toda idealización (agresivo, desvitalizado, derrotado, etc.) o porque es descalificado como figura ideal por el otro padre (“Tu padre es un sinvergüenza”)
Proximidad y alejamiento en función del estado de ánimo de los padres.
Actitud de invadir la privacidad del hijo. Por ejemplo, leer la correspondencia privada de un adolescente (antes cartas, hoy en día correos electrónicos)
“Sé perfectamente lo que estás pensando, aunque me digas lo contrario:...; así que cállate, que no quiero más mentiras".
Por ejemplo, críticas hirientes o improductivas: “Pareces idiota, todos los niños jugando a la pelota menos tu”.
La mentira (hacer creer como verdad, por acción u omisión, algo que no lo es - lo cual incluye la ocultación -), utilizada para manipular al niño, así como la que éste observa en la interacción de los padres con otras personas, tiene el efecto de crear inseguridad (al no poder predecir lo que va a ocurrir) y desconfianza en el niño, además de inducirla en su propia personalidad. Mentir no solo es, por normal general, éticamente censurable, sino que no es sano psicosomáticamente (el mentiroso no puede escapar de una insidiosa tensión interna, como pone de manifiesto el “detector de mentiras”) y obstaculiza una fluida y estable interacción social.
Como forma de manipular al niño: "Si no te acuestas, vendrá a por ti el hombre del saco".
Por ejemplo, opinión o iniciativa del niño.
“No éramos nosotros los que discutíamos, eran los vecinos".
“Sí, estoy contento contigo” (dicho con voz irritada)
Expresado manifiestamente o no.
Imposición de un rol parental al niño, presionándolo para que sea un adulto prematuro.
Presionar al hijo (por lo general la madre) para actuar como figura a la cual apegarse, invirtiendo así la relación normal: por ejemplo, utilizar al hijo como “paño de lágrimas”. Los medios para ejercer tal presión varían desde estimular inconscientemente un prematuro sentido de responsabilidad hacia otros, hasta el uso deliberado de amenazas o inducción de sentimiento de culpa. Es el hijo que cuida a los padres, que se siente responsable de su bienestar físico y psíquico.
Multitud de datos indican una relación causal entre la pérdida de cuidados maternales en los primeros años de la vida, y un desarrollo alterado de la personalidad. Es característico de los trastornos mentales (psicopatía, psicosis, neurosis) una alteración de la capacidad de vinculación afectiva, que deriva de un medio ambiente familiar atípico. La ruptura de los vínculos que unen a un niño con sus padres es la situación más fiablemente registrada y cuyos efectos se conocen mejor. Los antecedentes infantiles más frecuentes son, o bien la ausencia de la oportunidad para establecer vínculos afectivos, o bien prolongadas o repetidas rupturas de vínculos ya establecidos. Respecto a dos trastornos, y dos clases de síntomas asociados, se ha encontrado una elevada incidencia de ruptura de vínculos afectivos durante la infancia: psicopatía y delincuencia, y depresión y suicidio. En psicópatas se da una incidencia mucho más elevada que en otros grupos de una infancia profundamente alterada por el fallecimiento, separación (divorcio) de los padres, o por otros acontecimientos que suponen ruptura de vínculos. Es también elevada la incidencia de hijos ilegítimos, repetidos cambios de figuras parentales y el paso del niño de un hogar a otro. Todas estas características y la precocidad de la pérdida de un progenitor, o los dos, son comunes a psicópatas y suicidas (en éstos, las pérdidas tuvieron lugar, con más probabilidad, durante los 5 primeros años de vida) En depresivos no se da la típica ruptura general de la familia, de las infancia de psicópatas y suicidas. La pérdida es debida, con mayor frecuencia, a fallecimiento de uno de los padres, que a separación o ilegitimidad. Se da, además, con mayor frecuencia entre los 5 y los 10 años; en algunos estudios también entre los 10 y los 15.
Falta de límites.
Conductas desequilibradas respecto a las necesidades o percepción del hijo. El niño aprenderá a inhibir sus peticiones de ayuda para protegerse a sí mismo o proteger a sus padres de sus reacciones descontroladas. Por ejemplo, “¡A mi hijo no le dice eso ningún profesor: lo mato!”. Son discontinuidades en la asistencia parental, incluido periodos transcurridos en un hospital u otra institución. Respecto a la separación de un niño pequeño de su madre, tras haber establecido una relación emocional, parece que la razón de que pueda resultar tan nocivo para el desarrollo de su personalidad está en la intensidad, tanto de la demanda libidinal, como del odio que se genera (intensificación del conflicto de ambivalencia) Experiencias de estancias prolongadas en hospitales o residencias (internados) dan lugar a una sensación de no ser amado, de estar abandonado y rechazado. Es muy pertinente señalar que la edad adecuada mínima, como norma de referencia general, para llevar al niño a la guardería o al colegio, se sitúa entre los 2 y los 3 años, según la madurez emocional del niño. Este margen es una expresión más de la variabilidad del desarrollo infantil en sus diferentes aspectos (piense en las diferencias en precocidad en la salida de los dientes, en el gateo, andar, o el lenguaje) Muchos niños no pueden tolerar el hecho de tener que separarse regularmente de la madre durante parte del día, hasta cumplir los 3 años. Quizás les sorprenda este dato, por ser algo muy corriente, en el caso de mujeres trabajadoras, dejar a sus hijos en la guardería antes de cumplir el primer año. Incluso hay mujeres que, por influencia social, unida a su comodidad (sin necesidad económica, sin un trabajo al que reincorporarse), adoptan frívolamente ese mismo hábito, tan normal socialmente como perjudicial para el desarrollo del niño. Puede afirmarse que, desde el punto de vista de la maduración emocional del niño, por regla general es incompatible el trabajo de la mujer fuera de casa con la crianza, antes de los 2 años al menos. Durante los primeros meses de vida del bebé, su madre y él forman una unidad. A medida que transcurre el primer año, el bebé comienza a separarse poco a poco de su madre, a ser consciente de que ella es una persona distinta de él. Al final del primer año el bebé comienza a comprender que ella puede dejarlo por un momento pero que regresa otra vez (“ahora” ya no equivale a “siempre”, lo que implica comprensión temporal) Los constantes juegos en que deja caer un objeto para que alguien se lo devuelva demuestran que el niño trata de elaborar esta idea una y otra vez. Si durante la edad de 2 años el niño tiene una relación satisfactoria con la madre (pudiera pensarse también en una madre sustituta a quien apegarse, teniendo presente que los niños se desarrollan mejor cuando se hallan al cuidado de una sola persona y no rodeados por una gran cantidad de niños pequeños), y la situación del hogar es relativamente estable, el niño habrá construido en su mente una imagen sólida de una madre amistosa y protectora, que le sirve de apoyo durante las separaciones de ésta, así como durante los periodos en que, por iniciativa propia, se aleja de ella. Freud señaló que lo que distingue a un sujeto normal de un neurótico es que en éste se manifiestan, a escala ampliada, sentimientos de amor y de odio frente a sus padres. Si un niño no posee suficiente amor y compañía de sus padres es posible que su ansia libidinal sea elevada (estará buscando constantemente amor y afecto), y que tenderá a odiar a aquellos que no se lo proporcionan.
“Me pregunto qué quieres obtener de mí con esto”.
Falta de habilidad para jugar juntos.
Por ejemplo, la sobreprotección fóbica (en realidad una desprotección emocional), que contagia miedo al niño, convirtiéndolo en fóbico: “Nunca te compraremos una bici: te podría pasar algo grave” (a una niña ilusionada con una bici, igual que la que tienen los niños del barrio)
El niño construye los modelos internos de sus figuras de apego a partir de la interacción diaria con éstos, dentro de un contexto social, durante los primeros años de vida, estableciéndose firmemente como estructuras cognitivas inconscientes, que organizarán la experiencia interpersonal. En términos de Jean Piaget, ante una experiencia discordante con el modelo interno, el psiquismo tiene 2 alternativas: asimilación de la experiencia al modelo (que implica una distorsión de la percepción y una deficiente adaptación al entorno, permaneciendo intacto el modelo), o acomodación del modelo a la experiencia (modificación o creación de un nuevo modelo) La falta de conciencia respecto a estos modelos hace que persistan relativamente inmodificados a lo largo de la vida (igual que los problemas infantiles) El individuo tiende a asimilar a cualquier persona nueva con la que establece un vínculo (esposa, hijo, jefe, psicoterapeuta), con un modelo preexistente (correspondiente a la madre, padre, o a sí mismo), y con frecuencia persiste tal asimilación o equiparación, pese a la reiterada evidencia de que tal modelo es inadecuado. De manera similar, espera ser considerado y tratado por los demás del modo que resultaría adecuado para el modelo que tiene de sí mismo, y continúa con tales expectativas a pesar de que la realidad sea “tozuda” y le demuestre lo contrario. Tales percepciones y expectativas equivocadas dan lugar a diversas creencias erróneas acerca de los demás, falsas expectativas sobre el modo como se comportarán, y acciones inadecuadas que pretenden anticipar la respuesta al comportamiento que de otros se espera. La consecuencia es un conflicto basado en malentendidos (percepciones o interpretaciones erróneas) Pero el individuo es incapaz de darse cuenta de que su propia experiencia pasada está influenciando engañosamente sus creencias y expectativas. Es normal, por otra parte, que modelos inadecuados coexistan con otros más adecuados. La experiencia clínica muestra que cuanto más intensas sean las emociones despertadas en unas relaciones, más probable es que se conviertan en dominantes los modelos más primitivos y menos conscientes. Por ejemplo, una persona que durante su infancia fue amenazada con frecuencia con el abandono puede atribuir fácilmente esta intención a su mujer, y así interpretar erróneamente palabras que ella pronuncie, o cosas que haga, en el sentido de ese imaginario abandono, lo que le llevará, asímismo, a adoptar cualquier modo de actuar que piense que contrarrestará mejor la situación que cree que existe. Esta suspicaz actitud mental normalmente alternará con la creencia de que su mujer se comporta lealmente con él. Existe una gran continuidad entre las historias de apego y el cuidado de los hijos: los tipos de apego tienden a reproducirse (repetirse) Romper la cadena intergeneracional supone un cambio de los primitivos modelos representativos, ya sea por remodelaciones sucesivas a lo largo de la vida, ya sea por una toma de conciencia de los mismos (lo que formaría parte de una psicoterapia exitosa) |
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| Last Updated on Thursday, 22 March 2012 00:18 |