El Narcisismo
Eco y Narciso (John William Waterhouse).jpg

   Es el amor a la imagen de sí mismo. Sería el complemento libidinal del egoísmo (interés desmedido por sí mismo, y el propio bienestar, por encima del de los demás), con el que se confunde con frecuencia, pudiendo ir separados.

   La “Libido” (energía de las pulsiones sexuales) comenzaría unida al yo infantil (libido del yo), en el narcisismo primario, antes de poder dirigirse hacia los objetos exteriores. La retirada de la libido objetal hacia el yo constituye el narcisismo secundario, que se observa especialmente en los estados psicóticos (hipocondría, delirio de grandeza)

   El amor hacia los demás es expresión del amor a uno mismo, como ser total. Sin embargo, a mayor narcisismo (libido del yo), menos amor hacia el prójimo (libido objetal)

   Ver Yo ideal y Pulsiones de vida en Mecanismos de defensa

 

 El mito de Narciso


   En la versión romana del mito de Narciso, del poeta Ovidio (en el libro III de “Las Metamorfosis”, año 8 d.C., narración de Narciso y Eco), Narciso es un joven de extraordinaria belleza, que nace del encuentro entre Liríope, la bella ninfa de los cabellos azules, y Cefiso, una deidad del río, quien la estrechó en el punto más sinuoso de su recorrido y la violó. Preocupada por el bienestar de su hijo, Liríope decide consultar a Tiresias, un adivino ciego, sobre el futuro de su hijo. La premonición de Tiresias es que “vivirá muchos años si no se conoce a sí mismo”.

   Narciso crece sin conocer su belleza, cautivando, sin embargo, con ella, a doncellas, ninfas, muchachos, mujeres y hombres, que le declaran su amor, pero a los que rechaza sistemáticamente.


   Entre las jóvenes heridas por su amor estaba Eco, una ninfa de la montaña, castigada por la diosa Hera a repetir la última palabra que pronunciara su interlocutor (debido a que la culpó por entretenerla con su elocuente conversación, encubriendo las infidelidades de su marido Zeus, el padre de los dioses griegos), impidiéndole hablar por iniciativa propia. Esta limitación llevó a Eco a apartarse del trato humano y a recluirse en una cueva cercana a un manantial.

   Eco fue, por tanto, incapaz de hablarle a Narciso de su amor, pero un día, cuando él estaba de cacería por el bosque, acabó apartándose de sus compañeros. Cuando él preguntó “¿Hay alguien aquí?”, Eco, contenta, respondió “Aquí, aquí”. Incapaz de verla oculta entre los árboles, Narciso le gritó: “¡Ven!”. Después de responder “Ven, ven”, Eco salió de entre los árboles con los brazos abiertos. Narciso cruelmente se negó a aceptar su amor, por lo que la ninfa, desolada, se ocultó en su cueva y allí se consumió hasta que solo quedó su voz, repitiendo para siempre las últimas palabras que escucha...


   Nemesis, diosa griega de la justicia retributiva (el castigo en proporción al daño causado), que había presenciado toda la desesperación de Eco, entró en la vida de Narciso... Un día Narciso, que había vuelto a salir a pasear, fue encantado por Nemesis, hasta casi hacerle desfallecer de sed. Entonces recordó que donde una vez había encontrado a Eco había un manantial, y sediento se encaminó hacia él. Así, a punto de beber, vio su imagen reflejada en el mismo. Y como había predicho Tiresias, esta imagen le perturbó enormemente. Quedó absolutamente cegado por su propia belleza, en el reflejo…, enamorándose de la imagen de sí mismo.

   Es interesante el hecho de que Narciso no es consciente, en un principio, de que la imagen reflejada sea la de él mismo, quedando así aún más patente que su amor no es hacia sí mismo, sino a una imagen que ni siquiera sabe que es reflejo de su cuerpo... La progresiva consciencia de sí mismo queda bien expresada en el texto de Ovidio:

   “¿Cuántas veces besó en vano ese engañoso manantial?, ¿cuantas veces sumergió su cuello en las aguas, tratando con sus brazos de atrapar lo que había visto? No sabe lo que ve, pero lo que ve le consume, y el mismo error que le engaña, le excita. Crédulo (dice Ovidio), ¿porqué tratas de coger en vano la fugaz imagen?, no existe en ningún lugar lo que buscas. Apártate. Lo que amas lo perderas. Esta que ves es la sombra de tu imagen reflejada, nada de si misma tiene esa figura. Viene y se va contigo, contigo se marchará si puedes marcharte (...) Ni la inquietud de Ceres ni el descanso puede alejarle de allí, sino que extendido sobre la espesa hierba contempla la engañosa imagen con una mirada insaciable víctima de sus propios ojos. Levantándose un poco extiende los brazos a los árboles que tiene alrededor y dice: ¿Alguno ha amado con más triste crueldad? Y sigue hablando Narciso: Me encanta y lo veo, pero lo que veo y me encanta, sin embargo, no lo encuentro. Tan grande es el error que se apodera de mi amor. Y para que sea mayor mi dolor, no nos separa ni un inmenso mar, ni un camino, ni montañas, ni murallas con sus puertas cerradas. Sólo un poco de agua nos separa. Cuando yo alargo mis brazos hacia ti, tu los extiendes también. Cuando yo te sonrío, tu también; también, a menudo, he notado tus lágrimas cuando yo lloraba; también con una inclinación de cabeza respondes a mis señas; y por lo que puedo sospechar por el movimiento de tu hermosa boca, tu me diriges palabras que no llegan a mis oídos. Éste soy yo. Lo he sentido, y mi imagen no me engaña: me abraso en el amor de mi mismo, llamas muevo y llamas llevo. ¿Qué he de hacer?”.

   Finalmente Narciso, embargado por una profunda tristeza, reconociendo, al fin, como propia, la imagen (en el momento de “conocerse”, y según la premonición de Tiresias), en una contemplación absorta, incapaz de apartarse de su imagen, acabó arrojándose a las aguas. En el lugar de su muerte nació una nueva flor, a la que se le dio su nombre: el narciso.

Last Updated on Friday, 20 August 2010 16:59
 
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